Mariana Aylwin: Las mujeres en la Constitución

Creo en una Constitución corta, pero clara. Eso quiere decir que no todo tiene que quedar en la Constitución. Sin embargo, habrá que buscar una mención explícita que comprometa el objetivo de lograr la equidad de género


Columnista del diario digital El Dinamo.

Somos el 52 % de la población. Dentro de nosotras hay realidades muy diversas, en términos educacionales, laborales, de condiciones de vida, generacionales. Siempre digo que ser mujer en el siglo XXI es un privilegio respecto de nuestras antecesoras. Los avances han sido inmensos y se han logrado con el empuje y la fuerza de quienes nos precedieron, abriendo espacios vedados para las mujeres. Hoy, al contrario que hace menos de un siglo, vivimos más que los hombres. Entonces millones de vidas se perdían en el primer parto. Hoy, a diferencia de antes, en todos ámbitos las mujeres tenemos conciencia de nuestro valor, de nuestra dignidad, de nuestra fuerza. Sabemos que nos faltan cadenas que romper, pero también sabemos que esta posta sigue.

Personalmente, he vivido lo que ha sido la masificación de la educación escolar y superior. En el primer caso, las mujeres cedían a los hermanos el privilegio de terminar sus estudios para ayudar a su familia, cuando no tenían una criatura a escasa edad. La universidad seguía siendo un privilegio para pocos (el 6% de los jóvenes ingresaba a la educación superior en 1970), y esos pocos, naturalmente, eran mayoritariamente varones.


Cuando estamos ad portas de redactar una nueva Constitución, reflexionamos en torno a cuáles son los principales desafíos que nos demanda el Chile de hoy. Y uno de los consensos es que la desigualdad expresa un conjunto de situaciones abusivas, discriminatorias y frustrantes de nuestra vida cotidiana. Las diferencias en nuestra sociedad son fuente de desigualdad. Las diferencias sociales, raciales, territoriales, generacionales, entre otras.


Y si hablamos de diferencias convertidas en desigualdad, no hay nada más paradigmático que el efecto de las diferencias en las mujeres. Sí, las mujeres somos diferentes, pero no tenemos por qué asumir las desigualdades que esas diferencias conllevan.

Veamos lo que pasa hoy: vivimos más y tenemos hijos y, en vez de ser gratificadas, somos discriminadas en el sistema de salud. Hay violencia en Chile. Hay violencia en las calles, hay violencia contra los niños, hay violencia contra los adultos mayores, hay una violencia que debemos erradicar. Pero, ¿se pueden contar 50 varones asesinados por sus parejas? Cincuenta femicidios hubo en el último año.


En Chile hay pobreza y, ¿dónde encontramos los focos de pobreza extrema? En los hogares monoparentales encabezados por una mujer. Mujeres y niños son las principales víctimas de la pobreza con su secuela de vulneración grave de sus derechos. Las mujeres jefas de hogar han ido aumentando y llegan al 40% . Un 77% son familias monoparentales.

Y veamos qué pasa en el mundo del trabajo: la ocupación femenina, que había ido creciendo gradualmente y llegó a estar sobre el 55%, luego del estallido social y peor aún con la pandemia, retrocedió 16 años, en términos de empleabilidad de las mujeres (41%). El 88% de esos empleos perdidos por mujeres no se han recuperado. Y por si fuera poco, las mujeres ganan, en promedio, 27% menos que los hombres por igual trabajo. Las carreras mejor remuneradas las ejercen mayoritariamente los varones y, las peor pagadas, las ejercen las mujeres.


Y cuando llegamos a la vejez, nuestras pensiones son un 40% más bajas que las de los hombres. Aún no se reconoce el trabajo de las mujeres en el hogar, y ¿cuánto aportamos al PIB nacional con la sobrecarga de trabajo doméstico, el cuidado de los niños y de los adultos mayores? En pandemia se habló del “hombre cero”, mientras durante la cuarentena las mujeres trabajaban a distancia, alimentaban, saneaban, educaban, corrían para conciliar múltiples tareas. Se dice que las horas de trabajo de las mujeres en la casa son alrededor de seis y las de sus parejas sólo 2.

Con esta descripción no agoto todos los temas . Pero sí los que me parecen más graves. ¿Se soluciona esta gran desigualdad con una nueva Constitución? La experiencia nos demuestra que los avances dependen de cambios culturales, de cambios legislativos y de las políticas públicas.

Si pensamos en una Constitución para los próximos 30 o 40 años ( hay algunas que tienen siglos y pocas reformas), ¿qué correspondería abordar en nuestra Constitución?

Es importante distinguir en la Constitución entre principios orientadores y reglas constitucionales. Por lo tanto, habrá que hacer un ejercicio para dirimir en conjunto qué corresponderá a la Constitución y dejar que las leyes y las políticas públicas vayan tomando esa orientación conforme a lo que la ciudadanía vaya eligiendo a través de decisiones democráticas y la elección de sus representantes.


La Constitución actual en su art. 1º señala que todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Sólo hace una referencia a las mujeres en el número 2 del art. 2º, que establece que “el hombre y la mujer son iguales ante la ley”.


Por su parte, en el artículo 19 N° 2, la Constitución asegura a todas las personas “la igualdad ante la ley”, establece que “[e]n Chile no hay persona ni grupo privilegiados”, y añade que “ni la ley ni autoridad alguna podrán establecer diferencias arbitrarias”.

Señala también que es deber de los órganos del Estado respetar y promover tales derechos, garantizados por esta Constitución, así como por los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes. Chile ha firmado Tratados y Convenios referidos a las Mujeres. Por lo tanto, esos ya están integrados en la Constitución, pero debieran ser más visibles y algunos ni siquiera cuentan con sus reglamentos.


Creo en una Constitución corta, pero clara. Eso quiere decir que no todo tiene que quedar en la Constitución. Sin embargo, habrá que buscar una mención explícita que comprometa el objetivo de lograr la equidad de género, explicitando la no discriminación de género, la seguridad física, la protección frente a la violencia de género y apoyos para las mujeres en condiciones más vulnerables y sus familias.

También debiera haber un mandato para que el Estado impulse el acceso de las mujeres a los cargos públicos en igualdad de condiciones que los hombres, y promover que ello ocurra en todos los espacios de la sociedad.


Ni las cuotas, ni la igualdad salarial u otras medidas concretas, deben quedar en la Constitución. Las cuotas son una discriminación positiva para equilibrar la discriminación negativa, pero deben ser temporales.


Confieso que no me gusta la victimización de las mujeres; nos debilita. Pertenezco a una generación que abrió muchos espacios, ya sea legales o culturales para avanzar en la equidad de género. No creo que la logremos con políticas rupturistas. Al contrario, mucha de la igualdad que aspiramos, va a depender del mejoramiento de la democracia. ¿Podemos darnos otra vez el gusto de que nuestras instituciones políticas lleven décadas discutiendo la ley de pensiones, la ley de salas cunas, la del régimen conyugal?

No es falla “del modelo”, es una falla de una institucionalidad política que durante la última década ha impedido avanzar y zanjar las diferencias. No es casualidad el efecto de un Congreso Nacional con 18 partidos políticos, varios con un solo parlamentario. Tampoco el hecho de que casi la totalidad de nuestros gobiernos, antes y después de recuperada la democracia, no hayan logrado mayorías suficientes para gobernar.


Por lo tanto, todo es más complejo que gritar en las calles. Es mucho lo que habrá que reflexionar para que las medidas para asegurar la equidad de género y las desigualdades se hagan integralmente, con los pies en la tierra y la mirada en ese horizonte que anhelamos de justicia y vida digna para todos y todas.


Fuente: El Dinamo

6 de marzo de 2021